Los maestros son el alma de los pueblos, porque enseñan a los niños los caminos que se deben transitar para ser un adulto pleno de derechos y obligaciones ciudadanas. Los maestros son el espíritu de los pueblos, porque irradian su vitalidad y su esfuerzo en millones de niños y niñas argentinas. Los maestros, son sagrados. Así lo debería entender la sociedad y, por sobre todas las cosas, así lo deberían entender los gobernantes.
En Neuquén, hubo un gobernante que se creyó más sagrado que todos los maestros de su provincia. Y se creyó tan sagrado, que pensó que podría decidir sobre la vida y la muerte de los maestros. Los maestros, por cierto, no habían hecho otra cosa que reclamar lo que consideraban justo: que les paguen salarios dignos en una provincia rica como Neuquén.
Pero el gobernante de aquella provincia, llamado Jorge Sobisch, creyó que los maestros no tienen derecho a vivir dignamente, y por eso les negó todos sus pedidos y cerró cualquier vía de diálogo y negociación. Acá mando yo, habrá pensado, y nadie podrá contradecirme, ni siquiera alguien sagrado, como un maestro.
Los maestros, por cierto, continuaron con su plan de lucha. Para el 4 de abril de 2007 organizaron una protesta en la ruta 22, la que sería cortada por unas horas como medida de fuerza. La orden del gobernador hacia las fuerzas represivas, fue clara y contundente: hay que impedir ese corte de ruta y, de paso, darles una lección a esos maestros díscolos, que pretendían paralizar el tránsito.
Aquel 4 de abril, los docentes se reunieron sobre la ruta 22 a la altura de Arroyito para realizar su protesta. De inmediato y con una fuerza desmesurada, surgió la policía provincial para cumplir con la orden del gobernador. El Grupo Especial de Operaciones Policiales fue el encargado de la represión, como si enfrente estuviera una banda criminal o un grupo terrorista de sumo peligro.
Sin aviso previo y cuando aún no se había procedido a cortar la ruta, la policía comenzó a lanzar gases lacrimógenos, balas de goma y a perseguir a los docentes que escapaban desesperados. Ante tamaña represión, los docentes comenzaron a retirarse a pie o en autos hacia la localidad de Senillosa, bajo un estricto cordón policial.
De improviso, y quizás para cumplir cabalmente con la orden de Sobisch de dar una lección a los docentes, la policía reanudó la represión. Pero esta vez, con mayor brutalidad y con un claro objetivo: cobrarse la vida de un maestro. Había que matar a algún maestro.
El policía José Darío Poblete fue el encargado de apuntar su pistola de gases lacrimógenos contra la luneta del Fiat 147. El disparo fue preciso y artero. Dado por la espalda, como corresponde a un cobarde como Poblete. El disparo impactó en la nuca de Carlos Fuentealba y le hundió el cráneo. Carlos, sobrevivirá en estado desesperante por unas horas, para morir como un martir el 6 de abril.
Carlos Fuentealba era un ejemplo de maestro y de lucha social. Había hecho el magisterio mientras trabajaba y militaba como sindical en UOCRA. A los 38 años se recibió de maestro y comenzó a dar clases en el Centro Provincial de Enseñanza Media Nº 69, ubicado en la periferia neuquina. Allí, sus alumnos, lo eligieron como el “rey del colegio”, por su generosidad y su don de gente.
