La Revolución Industrial modificó para siempre las relaciones de producción y la situación de los trabajadores, que lentamente fueron dejando atrás las tareas artesanales, para convertirse en obreros fabriles. Si bien abandonaron la situación de ciervos que caracterizó las relaciones entre los nobles y la plebe en el sistema feudal, la llegada del maquinismo y la industrialización no fue, para nada, una mejora para los sectores más empobrecidos de las sociedades europeas o yanquis.
Durante las décadas iniciales de la Revolución Industrial, las condiciones laborales fueron calamitosas y millones de hombres, mujeres y niños, arruinaron su salud y sus vidas a causa de las pésimas condiciones higiénicas y sanitarias de los lugares de trabajo, como así también debido a los magros salarios, que apenas alcanzaban para sobrevivir.
De todas formas, la principal preocupación de los trabajadores, eran las extensas jornadas de trabajo, que podían alcanzar las 16 o 18 horas seguidas.
Esta situación motivó la organización de las primeras jornadas de protesta y las primeras organizaciones obreras, las que adoptaron las banderas de las reivindicaciones proletarias, entre las que sobresalía la jornada de 8 horas de trabajo.
En los Estados Unidos existían algunos centros fabriles, pero ninguno con la importancia que tenía la ciudad de Chicago, en donde miles de trabajadores sufrían de la opresión capitalista.
Ya en 1884, la Federación Estadounidense del Trabajo, había establecido que, a partir del 1 de mayo de 1886, la jornada de trabajo debía durar 8 horas como máximo. Muchas empresas e industrias se opusieron a la medida, lo que fue seguido por las autoridades, más permeables a los intereses empresariales que a defender a los trabajadores.
Lo cierto es que el tiempo fue pasado y la fecha límite se acercaba. El 1 de mayo de 1886, fue proclamada una huelga general, que movilizó a más de 200.000 trabajadores. Muchas industrias habían contratado rompehuelgas, los que debieron enfrentarse a golpes contra los trabajadores en huelga que los acusaban de traición a la clase trabajadora.
En Chicago, el paro continuó los días 2 y 3 de mayo, siendo ferozmente reprimida por la policía una movilización obrera. Además, muchos de los detenidos fueron condenados a diversas penas de cárcel, pero cinco de ellos fueron ahorcados por ser considerados los cabecillas de los huelguistas.
